Texto del catálogo de la exposición en la Ludwig Maximilians Universität, Munich, Alemania del 26 de noviembre de 1998 al 26 de febrero de 1999.
Vivimos un tiempo intranquilo. Una época en la que lo extraño atrae pero al mismo tiempo, cuando se acerca demasiado a lo propio, angustia; una época, en la que por un lado ambicionamos la apertura y la globalización, y por el otro, anhelamos la previsibilidad regional y la calidez de la propia tierra; en la que aquí, la racionalidad del progreso científico festeja triunfos, mientras que allí, la huida del mundo técnificado es buscada en un sumergimiento meditativo – en este lugar parece apropiada una pausa para la reflexión y la meditación. Para esto, puede se de ayuda traer a un mismo espacio a la ciencia y al arte, ensayar una consonancia, posibilitar un diálogo: el Institut für deutsche und vergleichende Volkskunde de la Universidad de Munich invita, en el semestre de invierno 1998/99, a contemplar los cuadros y objetos de Edith Matzen Hirsch en la biblioteca de su instituto.
Los trabajos artísticos de Edith Matzen Hirsch son de especial interés desde un punto de vista antropológico. Se fundan en la experiencia de lo extraño y comprenden el tema del terruño y la identidad. El impulso más profundo de Edith Matzen Hirsch surge de la búsqueda de si misma, de su procedencia espiritual entre dos culturas espacialmente alejadas. En su arte intenta hacer consonar las correspondencias y sueños incorporados en la infancia con las posteriores experiencias de vida. Reveladores resultan los medios técnicos, con los cuales la artista elabora su recuerdo, y los símbolos culturales, en los cuales su reflexión se entrama. El desarrollo total de la obra artística tiene significado paradigmático: en cuanto al contenido, va desde la presentación des contextualizada de motivos propios e incluídos en la historia personal, hacía una cada más fuerte abstracción en relación a lo humano que trasciende espacio y tiempo.
Es notable en esta obra, cuán intimamente se compenetran emoción y cognición. Impulsos estético-intuitivos, que advertimos característicos del sentir artístico, se funden con elementos objetivantes-racionales, que más bien atribuimos a una visión sobrio-científica. Edith Matzen Hirsch emplea, por ejemplo, un poema impreso de Goethe (y agrega traducida una única palabra escrita a mano), elabora mapas de Schleswig-Holstein y Hamburgo (y los completa con una impresión digital), escoge la ilustración de un pájaro de un libro (y le sobreimprime una reja cuadriculada) y logra evocar de esta manera –por medio de una a veces mínima acentuación gráfica, agregado o enmarcado- ideas generales del desarraigo (y rearraigo), del dejar (y del marcar) huellas o del grito del sufrimiento (y de la esperanza de liberación) del aprisionamiento. La verdad es que intentar captar así en palabras y llevar a conceptos las expresiones artísticas, las mismas son en parte destruidas y debilitadas. El arte deja la interpretación en suspenso. El trabajo científico, que quiere conferir sentido y ofrecer posibilidades de solución, limita, porque dirige inevitablemente la comprensión y la percepción de sentido de los observadores hacia carriles determinados. Por eso, la interpretación permanece siempre un proceso abierto e inclausurable que requiere, para sondear su fuerza y sus límites, de interpretaciones correspondientes (no sólo de “alternativas”), es decir: del vital intercambio en el diálogo.
Helge Gerndt
Director del Institut für deutsche und vergleichende Volkskunde
Bastaría decir que, en respuesta de la invitación del Institut für Deutsche und Vergleichende Volkskunde, de la Ludwig Maximilians Universität, München, Edith Matzen Hirsch realiza, por primera vez, una exposición de arte en su tierra alemana, para convocar la intensa emoción del acontecimiento.
Acaso por ello ha elegido para su presentación la forma de una antología. En el rumor arcaico de la palabra, se atisba el deseo de ofrecer flores escogidas a tal privilegio.
La colección está formada por piezas de series más amplias, cada ejemplar a su vez original, sino único. El conjunto diseña una vía orientada a la comprensión del proceso que recurre los últimos años de creación de la artista. La ocasión de una biblioteca, como lugar de recepción de las obras, es particularmente adecuada a su entidad ética y estética.
Si hubiéramos de proponer un trayecto al espectador, este debería dibujarse en espiral, acudiendo a la clave del tiempo proporcionado por E.M.H.. Una espiral que se asimila al destino mismo de individuación que reconoce al hombre como su morada. Una travesía universal, que difiere en los sucesos, que se nutre siempre de otras anécdotas y que cualquiera sea la representación que adopte, nos concierne. Paul Klee ha escrito “El ojo recorre la ruta indicada en la obra”, en este caso es el de la Identidad.
Comenzando por un extremo de la exposición aparecen elementos constitutivos, el mapa de origen, el cuerpo, la palabra, el diálogo. Luego están los indicios de la historia, la partida, el viaje, el lugar de arribo y finalmente se evidencia una reflexión más universal, que permite reanudar el ciclo desde una nueva lectura.
La construcción narrativa de la muestra gira sobre claves que prestan sutiles variaciones a los ritmos de la mirada. Tres son los soportes del mensaje: cajas, libros, cuadros. Tres las tradiciones técnicas convocadas: objeto, gráfica, pintura. Tres los códigos articulados: el gesto, la voz y la escritura. Tres los idiomas de la imagen: corporal, visual y sonoro. Tres es la inscripción en el mundo.
Julia Kristeva ha dicho que el lenguaje poético es el único lenguaje que se alimenta de trascendencia y teleología para sostenerse. E.M.H. practica una combinatoria que lejos de restringuirse a los criterios del presente, tampoco omite su confrontación. Todo en su propuesta alienta un más profundo y más allá de las peripecias de la época. La repetición, como estrategia, hace resurgir indefinidamente el ciclo de si mismo, como metáfora de un renacimiento.
Una era saturada de comunicación produce, a la vez, el sueño de un espacio insular y la urgencia de una unidad del hombre. Entre ambos extremos que convocan a la dispersión el arte de Edith Matzen Hirsch, consciente de la riqueza de una identidad que asume sus incertidumbres y fragmentaciones, propone una subjetividad equilibrada entre naturaleza e historia, entre universalidad y singularidad.
Retomando la cita de Paul Klee:”¿Cómo ampliar mi territorio más allá? Atravesando este río, este lago, más allá de aquel cerro!. A Partir de este pensamiento, la capacidad ideológica del hombre de recorrer a su capricho la tierra y lo ultraterrestre, su capacidad física está en contradicción con sus deseos, de allí la tragedia humana. De este problema constante nace la impotencia y la potencia, nace la discrepancia de la existencia humana: el hombre es, pues medio libre, medio prisionero”.
El arte, operando como sutura, es un garante de la integridad, es un puente confiable que hace posible la partida, la adopción de otra patria y mejora el regreso.
Alicia Romero
Licenciada en Historia de las Artes, Buenos Aires
Un puente de arte y vida
Más allá de búsquedas de identidades y otros desciframientos interiores, Edith Matzen Hirsch intenta reconstruir la memoria. No s'olo las geografías externas y tocables, sino también los otros paisajes , que sublaten en lo inconsciente y, sin embargo, superan todos los acuerdos de la introspección, So obra no configura formas como tales, sino más bien esqueletiza conceptualmente lo morfológico, para alcanzar, redimensionado, el espíritu de una materia convocada.
Así, es el enigma del tiempo , como constante, la fuerza superadora de sus planos y objetos. El tiempo como altura , no la herida, no la erosión del tiempo. Por ello, quizá, en sus planteos emerge tangible como una ecuación, y a la vez, transparente como un bautismo, como una alegoría triunfal.
Seguramente, porque Edith Matzen Hirsch no busca lo adjetivo del tema, sino la escencia de la vida, su motor de asociaciones, su caudal de signos. Interpretar e interpretarse, en un doble canal de verdades . No el ludismo gratuito o la fotuitidad del hallazgo, sino la entrega vital y honda, que grita y a la vez canta.
En ese ajedrez constante, la vida constituye un desafío a la concepción racionalist y emocional ¿La utopía de volver? ¿La aventura de madurar hacia atrás? ¿El riesgo de desandar caminos de nostalgia y crecimiento? La vida cabe en arte , a la inversa de lo que la lógica mueve a afirmar. La vida vivida, la vida sufrida, la vida soñada. También la vida pensada hacia los adentros , hacia la esencia del ser.
Y esto es lo que se propone y desarrolla con notable energía (que no desoculta el apaionamiento), Matzen Hirsch: tanto en sus mapas y cartografías, cuanto en esa síncopa de sutilísimas huellas que van de un curriculum vitae a un posible autorretrato . En cada obra, en cada propuesta plástica, hay una palpable semiótica de la existencia que no desdeña códigos de contemporaneidad. Todo está expresado con rigor. Y a la vez, todo desanda una articulación dolorosa y sensible de lo propio, de lo internalizado en esa memoria convertida a veces en cifra. De tanto enigma que encierra.
Disciplinas que van de la pintura al dibujo, del collage a las nuevas técnicas de transferencia del grabado, del objeto del computed art , sirven a la artista para proyectar su imagen en el plano o en el espacio. Y específicamente en esta exposición, en la Biblioteca de la Universidad de Munich, no podía faltar el nuevo género del libro del artista , que en siete versiones de innegable fuerza expresiva y testimonio referencial, dan un acorde de totalidad integradora . (Hasta su propia voz está inscripta, como recurso, en tres de esas obras ...).
De Argentina a Alemania, en un puente de arte y vida, Matzen Hirsch proyecta su obra. Que es mensaje y es memoria, pero que también, en la transferencia de los lenguajes, es abrazo universal.
J.M. Taverna Irigoyen
Miembro de Número de la Academia Nacional de Bellas Artes, Buenos Aires
Miembro de la Asociación de Críticos de Arte